¿Quién dijo que a las palabras se las lleva el viento? ¿Acaso no pueden aferrarse a uno, desesperadas ante el temor de morir en el olvido? ¿Perdurar para siempre en un alma que no tiene a qué más acudir? A lo mejor fue algún idiota empírico, algún científico, que, desesperado ante la idea de la fama y el reconocimiento, afirmo, sin equivocarse, que las ondas sonoras se desparraman por el aire, y, al rato de ellas no queda nada. Pero de ahí, a que a las palabras se las lleva el viento hay una eternidad. Hay palabras y palabras, eso sí. Pero por lo menos en mí, algunas datan ya de mucho tiempo de ser oídas, y no va a haber tifón capaz de mandarlas de viaje.

miércoles, 13 de junio de 2012

No se sabe por qué.

-  Espere, Mademoiselle, yo la amo.

Sobre su mano estaba la de él, y eso, en algún sentido, le impedía levantarse como lo había planeado. Y la miraba, apoyado en la mesa con las manos, una sobre la suya, con cierta sinceridad desgarradora y rastros de desesperación. Enloquecía.

- Permítame sentarme. Esta historia se cuenta mejor sentado, créame, lo sé.

Y sin que pudiera alcanzar a soltar palabra ya estaba frente a ella. Y sin mover la mano, y no es que lo hubiera deseado, pues a en ese punto ella ya había encontrado en esa mano cierto calor fraternal que venía buscando, quien sabe, en lugares equivocados.

- Es necesario aclarar, antes que nada, que lo que voy a decirle a usted va a sonar total y completamente disparatado, y que, quizás, incluso, lo sea. Pero, ¿No es la vida una cuestión de sentimientos? ¿Y no son estos lo más disparatados de ella?

Sin saber si responder o no, y aún sorprendida por lo raro de la situación, alcanzó a abrir la boca. Pero temerosa de decir algo inapropiado se limitó a mirar a su interlocutor. Tenía el un aspecto tranquilo, casi melancólico. Y cuando hablaba se le formaban arrugas en su frente estrecha. Tenía un bigote fino y la barba le caía del mentón sin unirse con las patillas que caían cada una al costado de su oreja. Daba la impresión de ser más joven de lo que aparentaba, como si el trajín de algunos años malvividos se hubiese posado justo en su rostro, lo que, en épocas de tanta modernidad, no es nada anormal.

- Perdone, sé que está ahora bastante afligida por esta forma de abordarla. Pero me es tan imprescindible como incorrecta. Puesto que me hubiese gustado antes, invitarle un café.

En algún momento había quitado su mano de la de ella, y ella no se había dado cuenta, y las había juntado sobre la mesa. Movía los dedos con nerviosismo cuando hablaba y se había despertado en la dama un sentimiento nuevo, mientras el caballero hablaba lentamente, y sacaba del bolsillo de su fino frac un cigarrillo que encendía sin perder la elegancia, pero fumaba con aires de desesperación.

- Lo que aquí sucede, mademoiselle, si me permite ser franco. Y no me refiero a la clase de franqueza que encontrará usted entre sus amigos o familiares, en una fiesta, y ni siquiera en su propio hogar. Me refiero a la verdadera franqueza sostenida sólo por un total y completo extraño, en este caso, yo.

Ella sólo podía atinar a mirarlo. Y quizás también a desear que pusiera de nuevo su mano donde había estado antes. Pero notaba poco a poco que ese caballero tan amable le remitía a algo que en ese preciso instante se le antojaba imposible de expresar, aún para sí misma.

- Como he dicho, lo que aquí sucede, no es nada extraño. Se trata de un caballero, como yo, hablando con una mujer, en este caso usted. Y esto, querida, ¿Puedo llamarle así, verdad? De todas maneras lo haré. Esto, querida, no sólo es mucho más viejo que nosotros, sino que es la base de nuestra existencia, o por lo menos de un aspecto de ella.

- Perdone usted. – Habló por fin. – Pero me ha dicho cosas un tanto extrañas, y así es también la manera en que se ha manejado conmigo. Quizás yo no sea la persona más instruida, y por eso no llegue a entenderlo. Pero es que usted ni siquiera se ha presentado.

- Tiene usted toda la razón querida. Pero es que ha sido un error mío. He caído preso de lo que espero no sea una ilusión, y es, en parte, el creer que ya nos hemos conocido cientos de veces, y por eso, ante la familiaridad que su presencia me sugiere, me ha parecido inútil presentarme.

- Entonces, ¿Usted es?

- Yo, mademoiselle, soy un hombre. En el sentido más sencillo de la palabra.

- No juegue usted conmigo, me ha hablado de todas estas cosas tan bellas, pero no me ha dicho su nombre.

- Como le he dicho antes, mon chérie, deberá usted perdonarme. Pero ante lo que quiero decirle no necesitamos nombres, de hecho, nos serían desastrosos. No se debe manchar con los nombres el anonimato y la universalidad de los sentimientos.

- Pues ahora sí que no le entiendo.

- Lo sé. Pero confíe en mí. Déjeme por unos minutos hablar con usted, y si al cabo de ese tiempo no entiende aún lo que tengo que decirle entonces me marcharé.

Lo miró unos segundos. No quería responder rápido para no dar lugar a malentendidos. Pero ya tenía la respuesta, y la había obtenido de los ojos que la miraban hace tiempo, profundos, negros y contenedores de una angustia visible.

- Tiene usted el tiempo que desee.

- Perfecto.

- Pero sin excederse.

- Por supuesto, querida. Lo que menos quiero es extender un momento que debe dudar sólo eso, lo que deba. Pero permítame antes encender otro cigarrillo. ¿Es que quiere usted uno?

- No, gracias. Pero adelante.

- Perfecto.

Sacó otro cigarrillo que encendió de la misma forma, luego de aspirar lenta y profundamente lo apagó en el cenicero y se inclino en la silla hacia ella, tomando de nuevo su mano entre las suyas.

- Le dije que, yace en lo profundo de nosotros. De nosotros, no de usted y yo. La base de la existencia humana. El amor.

Cuando pronunció esas palabras, ella se desilusionó un poco. No sabía qué, pero esperaba otra cosa.

- No me diga usted que se ha tomado el trabajo de crear toda esta intriga simplemente para abordar la primera dama que se le cruzase.

La miró con temor que ella vio en sus ojos y en como arrugó la frente. Sin soltar su mano, se inclinó hacia atrás. Ella le miraba impasible.

- Tiene usted razón. Si bien mi forma de hablar con usted no es la más adecuada, es la única posible mademoiselle. O, por lo menos, así le creo yo.

- Está bien, prosiga usted. Pero si lo que pretende es hablarme de amor, siento anunciarle que ha escogido un mal momento, y muy probablemente, una mala interlocutora. – Digo ella con una sonrisa. Él también sonrió.

- Créame que no he sido yo quien ha elegido.

- ¿Entonces quién?

- Pues, no lo sé.

- ¿Se refiere usted al destino?

- Me refiero simplemente, al hecho de que yo esté aquí, sentado frente a usted, justo en este momento, justo ahora, sosteniendo su mano entre la mía, sin que usted la haya retirado en todo este tiempo.

Alguien hubiera esperado una sonrisa pícara. Pero no había en su rostro más que la angustia, el notado paso del tiempo y la desesperación. Ella miró su mano y primero pensó en retirarla, pero quizás eso hubiera sido darle con el gusto.

- Tiene usted razón. Si me perdona, he encontrado en su mano un lugar agradable para poner la mía.

- Exacto. ¿Sabe usted por qué?

- Pues, no realmente. No creo que haya una razón en particular.

- Sin embargo lo encuentra usted agradable.

- No voy a repetir eso. – Dijo con una sonrisa.

- Está bien. Bueno. ¿Usted ha elegido que yo ponga mi mano allí?

- No.

- Pues ciertamente no. He sido yo quien lo ha hecho, y ni siquiera yo sé por qué. Pero este hecho ínfimo y su razón de ser pertenece a algo más allá de nuestro entendimiento, y es de eso de lo que quiero hablarle. Pues yo, de todas las personas sentadas en este lugar, me he sentado a su frente. Y créame que no ha sido una decisión razonada ni he planeado esto. Simplemente me ha sido imprescindible sentarme frente a usted para intercambiar algunas palabras.

- ¿Y eso significa algo?

- Y eso, mon chérie, significa toda la cosa.

- ¿Qué cosa?

- El amor, pues. Que, como dije antes, yo, mademoiselle, la amo.

- Pero usted no me conoce.

- Claro que no.

- ¿Y cómo puede usted amar a un completo extraño?

- Pues porque mi amor por usted escapa del plano racional humano y pertenece, y esto es mi teoría, quizás a un sentido más primitivo del sentimiento. Antes de que se hubiese contaminado con nombres y títulos.

- Eso suena un tanto extraño.

- Pero acaso, querida, ¿No ama el niño a su madre desde el primer momento en el que la ve? Y quizás incluso desde antes, pues es recién cuando nace, que puede manifestarlo, pero quién conoce los sentimientos de un niño en pleno vientre materno.

- Pero eso es diferente, es amor maternal. Instinto puro.

- Tiene razón. Es amor maternal. Pero mi amor por usted, es también puro instinto. Me muevo por el sentimiento apenas. Me he levantado de mi mesa y caminado hasta aquí sólo por eso. Sin saber por qué. Sólo con la obligación moral de que si no hablaba con usted, le cometería un fallo al destino y a la vida misma. Y quizás por eso me encontraba yo aquí. Y lo mismo con usted.

- Perdone. No es que dude de sus intenciones. Pero lo que dice se me presenta demasiado bello.

- ¿Para ser cierto?

- Exacto.

- Mon chérie, día a día se nos ha hecho creer que en el mundo no suceden cosas bellas.

- Puede ser.

- Lo es. Y el amor, me ha hecho creer que las cosas bellas abundan, y, permítame decírselo, sobre todo en usted.

- ¿En mí? ¿Qué quiere decir?

- Quiero decir que es usted una arbitraria composición de cosas bellas.

- ¿Y qué son esas cosas?

- Pero es que usted me pide demasiado.

- Tiene razón, disculpe.

- Su boca.

- ¿Cómo?

- Su boca, es una de esas cosas. Pero sobre todo la risa que esconde. Y que he descubierto hace unos momentos.

Ella intentó en vano ocultar su sonrisa. Él apretó su mano un poco.

- Ahora por favor, déjeme terminar de acomodar mis ideas.

- Continúe.

- Pues, como decía. Me mueve el amor. Pero no es sólo eso. No es el amor egoísta que encuentra uno a la salida de las fiestas de salón. No. Es del tipo de amor desinteresado. Acusado, como le dije, por una obligación moral que me hinca en el estómago.

- Suena un poco feo.

- Lo es, en parte. Lo sería si no me hubiese yo decidido a hablarle.

- Qué suerte que lo ha hecho, entonces.

Se podría decir que su mano había encontrado su lugar en el mundo bajo la de él. Se podría decir que le había creído.

- Lo siento. Pero debo confesar que creo cada una de sus palabras.

- ¿Y por qué se disculpa usted?

- Pues. En algún sentido, yo le amo. Pero temo que su amor sea muy diferente al mío. Que no tiene ahora nada de desinteresado o instintivo. Quiero, sólo porque me lo fijo en la mente con un futuro, que su mano no se mueva de ahí, y hablar con usted toda la noche, hasta que los camareros nos corran de este lugar. Pero eso es sólo porque sin saber los motivos, con usted me siento bien.

- Pero no debe usted temer. – Dijo mientras encendía otro cigarrillo. – Mi amor tampoco es en un cien por ciento desinteresado. Me mueve la esperanza. Y ese ideal a futuro imposible de sacar de mi limitada conciencia, no tiene una pizca de desinterés.

- ¿Es que intenta usted convencerme de algo?

- No. En absoluto. Sólo comunicárselo. De lo contrario hubiera sido miserable. Si estoy en lo correcto y nuestro amor pertenece a un universo ya perdido, entonces encontrará en mi lo que yo encuentro en usted. Y si no, nuestra conversación no ha sido más que agradable.

Hacía frío afuera. Las personas elegían las galerías cubiertas y los restaurantes para resguardarse del frío. Era inevitable pensar cuántas situaciones iguales sucedían ahora. Si había sucedido antes alguna así. Si sucedería.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Minuto

Con la mandíbula atrapada entre las dos manos, y los codos apoyados en la mesa, da la impresión de uno de esos novedosos muebles de vanguardia, sumamente cómodos y ampliamente ergonómicos, adquiribles por un más que razonable precio, dentro de la razonabilidad de los precios de los novedosos muebles de vanguardia, en alguna de esas sumamente pequeñas y acogedoras sucursales de casas de diseño que se encuentran recientemente ubicadas a lo largo de las primeras cuadras de la avenida del extremo sur. Sus ojos son los de una pintura, quietos. Inmóviles hace minutos, las pupilas parecen apuntar a algo. Quizás al juego de mate, quizás a algún lugar donde estuvo alguna vez. Seguramente algo le hizo recordarle y ahora se puso a pensar en él. Él, que hace tanto que no está. O tan poco y parece tanto.
Aún en la misma posición, sigue mirando algo, o quizás nada. Quizás no mira a nada porque eso es lo que él es, o por lo menos lo que es ahora. Porque en algún momento, seguro que fue algo, fue algo para ella y para muchos más. Pero ahora es nada.
Ya, perdida la cuenta del tiempo que lleva allí, sin moverse, sin moverse, como él… Ella lo extraña, lo siente en cada movimiento, cada pensamiento, cada partícula, pero aún así, lo extraña. Y quizás por eso tiene aprisionada la mandíbula, quizás por eso parece un mueble con los ojos quietos, si es que los muebles tienen ojos. Y quizás por eso que hace ya cinco minutos que suena el timbre y no se levantó a atender. Igual de seguro que es la señora de Miranda que viene a ver cómo está. Como si el hecho de que la señora de Miranda viese como está ella ayudase en algo, capaz no a ella, pero a algún ser viviente en cualquier rincón del universo, y no sólo a la señora de Miranda que no tiene nada mejor en qué ocupar su tiempo libre que viendo como está ella.
Si hay algo inexplicable y misterioso en la señora de Miranda, es la cualidad casi extrahumana que tiene para aparecer justo en estos momentos, cuando ella tiene la cara en una prisión, no tiene mirada y parece una silla. O a lo mejor cuando logra mantener el equilibrio por horas, asemejándose a un lujoso perchero, apoyada en sus brazos sobre la mesada de la cocina, mirando algún punto fijo en la pared, que no existe. O la vez que podando el jardín se quedó como un banquito, mirando los tulipanes que él plantó. Hace tan poco, hace tanto. Pero ella no piensa en muebles, ni en tulipanes, ni en la señora de Miranda con sus masitas para tomar el té de las cinco. ¿Son las cinco ya? ¿Cuánto tiempo ha estado así? A lo mejor la señora de Miranda no trae masitas, y en vez trae el buraco para someterla a esa tortura que es intentar concentrarse en el juego teniendo que escuchar todos los secretos habidos y por haber que tiene cualquier habitante de Larrute quinta cuadra y sus alrededores.
Al momento que el sonido del timbre cesa, o ella ha logrado la notable capacidad de no escucharlo, sigue en la misma posición de cara enjaulada y aspecto de otomana rara. Es rara, y eso a él le gustaba. Se queda un poco más tranquila, aún en su ensimismamiento, porque la señora de Miranda ya se fue. Ahora está del todo tranquila para pensar en él, para recordarlo, porque ahora, es lo único que puede hacer.
¿Y si a lo mejor no era la señora de Miranda? ¿Si era él? ¿Bien peinadito como nunca, con un ramo de flores en la mano? No, eso es imposible, se tranquiliza. Eso es físicamente imposible. De donde él está no se vuelve, no le permiten allí a uno ausentarse para una visita, por más corta que sea, por más que sea sólo para llevarle un ramo de flores a alguien que lo necesita más que nunca. ¿Lo necesita? Ella cree que si. Cree que necesita. Cree que por eso es que esta ya hace más de una hora sentada con la cabeza presa, mirando a la nada. A lo mejor mira a la nada justamente porque allí no hay nada, porque está vacío. Y porque a ese vacío puede llenarlo él.
Puede aparecerse allí, en la nada, con los escasos pelos enmarañados y la sonrisa grande, como siempre. En mangas de camisa y pantalón de vestir, pero con zapatillas. Ahí, donde ella mira. O donde no mira, porque no hay nada. Ahí, en frente suyo, sentado, mirándola, sonriéndole picaronamente. Verla sonreír a ella, verla acercársele, sentarse más cerca suyo, prepararle un mate, verla escuchar sus historias, verla feliz al tenerle...

La señal de alarma del suspiro hace que las manos, dedo por dedo, desde el meñique al índice liberen la cara, los codos se levanten lentamente de la mesa, donde ahora van a parar los brazos. Los ojos, sordos, aún no se mueven. Parecen no haber recibido la señal. Permanecen quietos, allí, precisos, apuntando a ese único punto que es la nada, creyendo ver, por un segundo aunque sea, cabellos, camisas y sonrisas, ojos que oyen historias, ojos, que pegados a la cabeza como están, se levantan junto con ella, y ahí, en frente suyo, no hay nada, no hay unas medias azul oscuro entre el pantalón de vestir y las zapatillas, impecables.

sábado, 28 de enero de 2012

Sin título II

El cuerpo de Héctor yace en el sofá del living, pero su mente no. Está, seguro paseando por otros lugares, diferentes realidades, otros momentos, disfrutando en otros universos, observando un paisaje bello, viendo una puesta de sol o un hermoso amanecer, olfateando tulipanes, margaritas, rosas, lirios y lavanda, o tal vez el olor a pan recién horneado, el perfume de una bella mujer, degustando festines y bebiendo un buen vino, oyendo dulces melodías, o el simple sonido que implica la quietud y tranquilidad de un arroyo, sintiendo en su rostro la suave brisa de primavera y el escaso calor que provoca sobre uno el sol en esa época del año. Pero no es primavera, o al menos no según el calendario que cuelga en la puerta, no según la estufa prendida y tampoco según los árboles, que afuera, sin hojas parecen rendirse sin luchar ante el ciclo de su vida. La vida, su ciclo, piensa Héctor, el sabe que se va a morir y mientras se moja el dedo para cambiar la página del libro que lee se pregunta que tiene de raro que él sepa que se va a morir, todos lo saben, o al menos es bastante obvio, pero, sin embargo, lo tortura. Al lado, el teléfono, ese frío y maldito aparato que no hace más que condenar a las personas a charlar sin mirarse a los ojos cuando hablan, y si, claro, ¿Qué tiene de extraño que el sepa que se va a morir?, no fue raro cuando se lo dijeron ni como se lo dijeron. Recuerda el frio del estetoscopio alejándose suavemente de su espalda, el apretón de manos con el médico segundos después de escuchar la lamentable noticia, la expresión de este, en un intento fallido de cierta empatía imposible de sentir por parte de alguien que ve morir gente todos los días. Héctor sonrió, pensó de nuevo en los arboles, él, desde luego, no era un árbol, no se rendía, impotente, ante el ciclo de la vida. No, él definitivamente no quería morir, ahora no. Había tantas cosas por hacer, lugares por visitar, flores por cortar y mujeres por descubrir. Héctor nunca había amado a nadie, o si? Pensó… lo había hecho? Quizás la abismal distancia temporal entre aquellos momentos de plenitud y esta nueva era caracterizada por su cuerpo en el sillón había eliminado todo tipo de enlace en sus recuerdos. Volvió a sonreír, claro que había amado, y mucho. De sus ojos cayó una lágrima, solo una, al acordarse de aquella tarde en Madrid. Ella era hermosa. Demasiado quizás, el siempre se burlaba de ello, la verdad es que le asustaba un poco que sea tan bella. Quizás porque él no lo era tanto. Ella quería ser actriz, el no tenía la más puta idea de lo que quería. Sólo sabía que la quería a ella. Obviamente como todo amor fugaz terminó. Ella se fue y de su belleza sólo quedó un recuerdo, un pañuelo de seda y una carta que Héctor tenía guardados en un cofre, que reposaba calmo ahora sobre su regazo. Pensó, quizás por un segundo en abrirlo, en leer aquella carta, en confirmar, que el perfume seguía, obviamente cada vez más débil, en aquel pañuelo, esfumándose lentamente como el recuerdo que le unía a aquella mujer. Vuelve a mirar a los árboles, es poca la gente que transita la calle en la que vive ahora, quizás el frio los mantenga en sus casas, quizás todos estén como él, recordando, añorando, en vez de disfrutar de una tarde de otoño. Se inclina por la primera opción, mientras un impulso lo hace levantarse y servirse un vaso de Cognac mientras se decide a vivir. Quiere amar, quiere ser amado, quiere conocer, experimentar, sentir, en fin quiere vivir. A fin de cuentas, que importa que se esté por morir. No es un árbol, puede luchar. Tal vez pueda irse, esa misma noche, viajar, conocer, amar, odiar, ser amado, ser odiado, temer, en fin: vivir. Tal vez, tal vez lo hubiese hecho si no fuera porque ni si quiera llegó a tomar el cognac. Quizás si el vaso no hubiese caído, al mismo tiempo que su cuerpo sobre la alfombra lo hubiese hecho. Y en fin, que tiene de raro que Héctor sepa que se va a morir, todos lo sabemos.

jueves, 26 de enero de 2012

Una piedrita redonda.

Ahora que me pongo a pensarlo bien, en frío, no me acuerdo exactamente a quién se le ocurrió la idea. Pero si recuerdo el violento puñetazo que le dio Martín en la mesa la tarde que apareció casi corriendo por los pasillos de la pensión con un diario bajo el brazo y pasando indiferente ante Juanita que lo esperaba con una sonrisa para contarle que le habían ofrecido un nuevo puesto en el trabajo, donde las horas eran menos y la paga más. Después del puñetazo se tomó el trago que había en la mesa, y que creo que era de Luis, y se secó el frondoso bigote con la manga de la camisa. A todo esto, yo me encontraba en un rincón de la pequeña habitación, Luis apoyado junto a la ventana, se había venido a nuestro cuarto al igual que Lila, quien había pasado la noche aquí. Juana estaba aún con el uniforme del trabajo, sentada en el piso junto a la puerta que Martín había cruzado, hace minutos como un rayo.


Como dije, no recuerdo muy bien de quién fue exactamente la idea, pero estoy casi seguro que de esa larga discusión que comenzó ni bien Martín abrió la boca soltando insultos, y de la cual me mantuve al margen, alguien se iluminó y concibió el plan de la mejor vida, como le gustaba decir a Luis en tono de burla. Esto fue más o menos a fines del invierno, pero recién lo llevamos a cabo bien entrado el verano, pues tuvimos que trabajar para juntar plata, y obviamente conseguir el lugar. Nos costó un poco, pero una acogedora casa en las afueras de Tandil fue el lugar elegido. Era vieja, seguramente del siglo pasado, y aunque estaba bastante afectada por el paso del tiempo, nos las arreglamos para dejarla utilizable. Una semana después de la última mano de pintura celeste, ya estábamos acomodándonos en nuestras habitaciones, yo elegí la más alejada, que tenía una ventana que daba a la autopista, la única, en realidad, que tenía la vista del campo. Más aún, sólo la altura del segundo piso me permitía ver, a la lejanía, el andar veloz de los autos, el apuro, el amontonamiento, la civilización. Al frente mío dormía Lila, en el cuarto más grande, y el único que tenía baño, Lila era la más malcriada de nosotros. Luis era el único que dormía abajo en lo que en algún momento hubiese sido un pequeño estudio, y Martín y Juana dormían juntos, arriba, al lado de mi habitación. La casa tenía tres baños, más el del cuarto de Lila, un zaguán que seguía a una gran sala de estar, una cocina con una puerta al fondo, el antiguo estudio, y las tres habitaciones. Además afuera había una galería con vista a los árboles.


La señora que nos vendió la casa no nos contó del sótano, pero no creo que esto haya tenido una explicación más imaginativa que el simple hecho de que probablemente no conocía su existencia. Lo que es razonable, ya que cinco jóvenes como nosotros tardamos bastantes semanas en dar con él. Fue Luis quien vino con la noticia cuando yo fumaba un cigarrillo en mi habitación, había dejado el libro boca abajo en la mesita en que me apoyaba para ver la autopista cuando vino corriendo, gritando su descubrimiento. En esa casa no se descubrían cosas muy a menudo, así que su exagerada alegría no me afectó, después de todo, nosotros éramos unos exagerados. Ahora que lo pienso bien, Luis era, probablemente, el único de nosotros que hubiese podido encontrarlo, siempre aburrido y husmeando por la casa. Para cuando lo encontró, ya apenas si nos hablábamos, Lila se había recluido en su habitación y dormía casi todo el tiempo, Martín escribía casi siempre en la galería y Juanita se sentaba en el césped a arrancarlo, o a levantar una piedrita redonda, y tirarla de nuevo al piso, para luego repetir el movimiento hasta el cansancio. Y yo, pues supongo que la autopista era mi escape, lo primero que hice al dejar la casa, fue ir hasta es autopista, y sentir el viento de los autos contra mi rostro, cachetearme violentamente, despertarme, despabilarme del tiempo que estuve dormido, soñando.


Resulta que ese día Luis había estado persiguiendo una supuesta rata que había visto ya hace unos días y con la que no había podido dar. Con lo que dio fue con la portezuela bajo la heladera, que empujando violentamente hacia abajo, cedía hacia unas estrechas y muy inclinadas escaleras, las cuales en la oscuridad de la casa, resultaban muy peligrosas. Antes de bajar corrió a mi habitación y me avisó. Bajamos juntos y descubrimos el sótano, que no era más que una habitación dicha y hecha, con cuatro paredes, un techo y un piso, y nada más que eso, de modo que di media vuelta y subí las escaleras enojado porque me había distraído de lo que había sido mi Aleph. Aparentemente Luis vio algo más que yo en el sucio cuarto, y se obsesionó con él al punto de permanecer allí unas tres semanas seguidas, que concluyeron cuando un Luis con barba y flaco subió las escaleras para buscar algo para comer, y nunca más bajó.
Ya llegado el invierno, y cuando la galería no tenía el atractivo poético del otoño, fue Martín quien decidió ocupar la habitación subterránea, y Juana se quedó sola, jugando con la piedrita redonda, al igual que al principio, sólo que ahora traía una campera. Martín llevo uno o dos muebles al sótano, una lámpara de aceite (allí no había luz) y sus escritos, junto con un viejo tomo de algún libro cuyo título no podía leerse en la tapa, y que mostraba la foto de algún filósofo. A pesar de que el paso del tiempo había erosionado nuestros vínculos, que la práctica no había resultado lo planteado en la idea, y que pasábamos semanas sin si quiera comer juntos, menos decirnos unas palabras, aproveché la reclusión de Martín para acercarme a Juana, quizás en un acto de instinto, ante el inminente mal que me causaba mi amor por la autopista, quizás en un acto de amor, y quizás por compasión. Me acerqué por detrás y tomé la piedrita que había tirado, ella me miró y luego miró para abajo, corto un puñado de pasto, lo tiró y se fue adentro. Yo observé la piedrita en mis manos, era redonda, perfecta y gris. La tiré al piso, y contemple lo que había estado haciendo Juana desde que se sentó por primera vez en el jardín. Quizás había sido la que mejor provecho había sacado de la idea, de la reclusión. Cada vez que tiraba la piedrita al piso, cada vez que arrancaba un puñado de pasto, para ver los trozos crecer al día siguiente, para ver la piedrita de nuevo en el piso, había presenciado la vida, el mundo, había sido testigo del caos de tirar una piedrita en el piso, una piedrita que puede caer en cualquier lugar, que puede perderse entre los yuyos y no volver nunca al lugar donde estuvo por primera vez, había tirado tanto la piedrita, que se había olvidado del momento en que la levantó.


Luego vino el suicidio de Lila en su habitación y yo apresuré a salir de la casa, pero antes, tome la piedrita, que seguía ahí, en el jardín, y sentí el calor de la mano de Juana. Al llegar a la autopista la tire al borde de la banquina. Me acerque, y sentí la cachetada. 

lunes, 23 de enero de 2012

Decisiones difíciles.


Un señor que camina apurado a su trabajo se detiene un segundo frente a un almacén. Piensa si su ansia de una bebida refrescante justificará el tiempo demorado en adquirir tal capricho. Aún dudoso, entra. Ya en el local, el hombre toma una botella de la heladera, y, cuando se dispone a pagarla, ve el tentador envoltorio de un delicioso dulce. Nuestro héroe piensa, por un lado, tiene la bebida en la mano, razón por la cual entró al negocio en un primer lugar. Pero por el otro, de repente tiene unas ganas inmensas de disfrutar del dulce que ha visto. El comerciante lo mira ansioso por cerrar el trato. Pero para el señor es imposible actuar. Sólo tiene dinero para uno de los dos objetos y le cuesta mucho decidirse.
Piensa. Entró por una bebida, pero vio otra cosa. Sólo le alcanza para una de ellas. Sólo vio dos cosas del montón de productos (seguro tan reconfortantes como aquellos dos) que probablemente están esparcidos a lo largo del almacén. Pero una nueva idea invade su cabeza. Sólo ha entrado a un almacén, de los miles por conocer que aún le quedan.
Abatido por la inmensidad, nuestro héroe abandona el local. Ya no tiene apuro alguno.

domingo, 22 de enero de 2012

Conversación con un extraño.


 -  Yo no amo a las mujeres. – Me dijo sin mirarme. De golpe, como si nada, semejante frase cruza veloz la silla vacía que está entre nosotros. Yo, aún atónito, lo miro. Pero él no. Él, con la vista en una revista, tan displicente, con las piernas cruzadas, cambia la página y luego le da un pequeño tirón a su bigote.
 -  ¿Perdón? ¿Qué dijo? – Contesté. Yo sí lo escuché. Incluso podría asegurarlo que él lo sabe. Lo observé detenidamente. Los zapatos lustrados, el pantalón negro y la camisa blanca. El saco en el regazo, el bigote cano y el cabello estratégicamente desparramado.
 -  Le decía – Levanta la vista para mirarme a los ojos – Que yo no amo a las mujeres.
Mi cara debió de haberle dicho lo que se me cruzaba por la cabeza, porque al instante soltó una risa y se levantó para sentarse a mi lado, al tiempo que dejaba la revista sobre su saco, en la silla ahora vacía.
 - Perdón, ha debido usted malinterpretarme – Me dijo con una sonrisa de esas en las que uno puede descubrir, tras la simpatía, cierta perspicacia, hasta el punto de considerarla maligna. – No se haga usted ideas equivocadas. A mí me gustan mucho las mujeres, es sólo que no las amo.
 - No – Respondí, tratando de permanecer lo más calmo posible. – Perdone usted, no me hice esas ideas. Nada más que su frase, dicha así como así, sin reparos, me ha dejado boquiabierto, y eso me ha hecho darme cuenta que, hasta este preciso momento, he considerado totalmente inconcebible la idea de no amar a una mujer. De hecho la mía está ahí, en el consultorio del médico.
 - Lo sé – Dijo enrulándose el bigote, con cierta satisfacción. – Lo cierto es que lo he estado observando, y es por eso que he decidido hablarle.
Yo, por supuesto, me encontraba absorto ante tal personaje. Así que no atine a decir más que lo obvio.
 - ¿Y qué es lo que ha observado usted?
Pareció contentarse al ver que le seguía el juego. Porque luego de soltar una risita contestó.  – Pues lo que usted ha dicho, que su mujer ha entrado al consultorio, pero usted no.
Me recliné en la silla con un aire de victoria. El tipo, que hasta antes de abrir la boca por última vez, me intimidaba completamente, ahora había resultado ser lo que al principio me había parecido lo más probable: un don nadie con más ganas de charla que personas con las cuales hacerlo.
 - Eso no quiere decir que yo no ame a mi mujer – Contesté mirándolo duramente a los ojos – Sólo que no siento lo mismo por los médicos. En lo particular, me provocan cierto malestar.
Al principio creí haberlo ofendido o algo, porque inmediatamente se salió de su personaje, y se inclino hacia mí.
 - Perdone usted, querido amigo. Pero no quiero que piense que por mi cabeza ha cruzado tal idea. – Luego retomó su postura original. – Como le dije, le he estado observando. Sé que ama a su mujer, no habría que ser muy perspicaz para darse cuenta de eso. Es por eso mismo que he decidido hablarle.
Los roles habían cambiado. Este hombre que me miraba, como inspeccionando cada facción de mi cara, sin poder contener su sonrisa, que ahora me resultaba desagradable, no resultaba ser un idiota, o por lo menos yo ya no pensaba eso. A lo mejor era un loco. Un orate, y quizás aparte de la dermatóloga de mi mujer había aquí algún psiquiatra.
Todo esto cruzó mi mente en un segundo, porque para cuando volvía a prestarle atención me di cuenta que esperaba de mi parte una respuesta. De nuevo, no tuve tiempo para pensar en algo inteligente que decir.
 - No entiendo – Dije mientras me daba cuenta que ahora yo sonaba como un idiota – ¿Usted ha decidido hablarme, porque sabe que yo amo a mi mujer?
 - Pero veo que es usted un hombre que va directo al punto – Sonrió descaradamente. –Exacto caballero. Yo he notado que es usted un hombre enamorado, ¡Y quién no lo sería si tuviese a su lado una mujer como la suya! Esto último lo digo desde mi más profunda admiración, y desde luego, con todo respeto. Pero, y, lamentablemente siempre hay peros, quizás sea lo obvio de su situación, lo que la convierte en algo tan aterrador.
Creo que al principio no quería admitirlo, pero era imposible no hacerlo. Definitivamente, este tipo que vestía y hablaba elegante había captado toda mi atención.
 - ¿Usted habla del hecho de que yo esté enamorado de mi mujer, con la que me casé hace ya poco más de dos años, como algo aterrador?
 - Lo es, mi querido amigo. – Me sentí un poco ofendido cuando se inclinó hacia mí, como consolándome. – Pero digame, ¿Quién no ha estado profunda y locamente enamorado de una bella mujer? – Reflexionó un instante, sólo un instante – Ah, ahora veo. Es el carácter universal de la cuestión lo que la hace tan amena, también.
No sólo había logrado irritarme, sino que ya me había impacientado.
 - Espere usted un momento –Repliqué. – ¿Usted ve al amor como algo aterrador? ¿Es que tiene miedo de enamorarse de una buena mujer acaso? ¿Compartir una vida de alegrías, y, lógicamente, también tristezas? Pero al mismo tiempo lo ve como algo ameno. Digame, ¿No es eso un tanto contradictorio?
Al momento que terminé de hablar lo miré, justo como él lo hacía conmigo. Estaba conforme con mi respuesta, y ahora le tocaba intentar arreglar las incoherencias que había dicho. Sin embargo, no se enojó ni se ofendió. Su reacción fue casi infantil. Abrió los ojos y la boca, y me miró sorprendido.
 - Amigo – Me dijo con una exaltación que manifestaba tomandome fuertemente el brazo – Es usted un genio, un filósofo, un perfecto conocedor de la mente humana.
Aclaro a cualquiera que lea esto, que si hubiese notado una mínima intención de sarcasmo, no hubiera dudado ni un segundo en decirle a este caballero sus verdades, y quién sabe qué más. Sin embargo, sus halagos hacia mí parecían ser completamente honestos e inocentes.
 - Usted ha hecho darme cuenta de algo que yo, hasta el momento, ignoraba – Siguió. – El amor, como usted dice, es, además de aterrador y ameno, total y absolutamente contradictorio.
Me quedé sin palabras. Había despertado tal asombro en mí, como parecían haberlo hecho sobre él mis palabras. Me di cuenta, ya que siguió con toda naturalidad, que no había reparado en mi expresión.
 - Pero no crea que sólo repito sus palabras, y que las he malgastado, sin aprovecharlas como es debido. He sacado mis propias conclusiones, las cuales seguro un hombre de su genio, las debe conocer.
En ese momento, miró al frente y comenzó a mover sus manos al tiempo que hablaba, como si en vez de una mesa ratona llena de revistas, se encontrase un anfiteatro repleto de estudiantes deseosos de escucharlo. No atiné a más que a pensar que seguramente estaba en lo correcto al afirmar que era un loco. Seguro estaba ya de que era un megalómano. Un maniático obsesionado con su persona, y con hacerse escuchar.
 - He aquí que yo he dicho que el amor se nos presenta a nosotros los hombres como algo ameno y aterrador, y usted, en un segundo, ha concluido que esto le da de inmediato un carácter contradictorio. Pero no son estas sus únicas cualidades. Hay miles. Y esto es lo que he descubierto, gracias a usted desde luego. – Cuando dijo esto último me miró – Y, lo que hasta entonces pensaba, se ha abierto y ensanchado, y ahora, le repito que todo se lo debo a usted, no tengo un par, sino miles de argumentos para mi rechazo al amor. Ahora, puedo decirle más firme y seguro que nunca que yo no amo a las mujeres.
Quise hablar, pero era demasiado tarde. Estaba dando rienda suelta a su charla, seguro sin importarle si yo le escuchaba o no.
 - Verá – Comenzó – Como le he dicho al principio y hace unos instantes se lo he repetido, yo no amo a las mujeres. Sin embargo confieso que me gustan y me atraen, tanto por su físico y virtudes como por su bondad y nobleza. Sin embargo, querido amigo, esto no quiere decir que deposite en ellas todas mis esperanzas de alcanzar la felicidad.
Al pronunciar esa la palabra, la que seguro significaba mucho para él, se recostó en su silla, calmo.
 - La felicidad – Repitió con un tono poético. ¿Era aquel loco un poeta? – La felicidad amigo, yo la he conocido. Tantas veces – Me miró a los ojos – No crea que no he sufrido, llorado, maldecido. Pero he sonreído muchas veces más de las que he hecho todas esas cosas. He sido un hombre muy feliz, y pienso seguir siéndolo, no se preocupe. Y puedo asegurarle que no ha sido gracias al amor de una mujer, y al mío hacia una de ellas. Desde luego soy un hombre, y muchas me han hecho feliz. Pero supongo que a usted le alegra comer tarta de chocolate, y sin embargo no la ama, ni la lleva a vivir a su casa ¿Verdad? – Al decir esto último sonrió – Las palabras son engañosas, así que procuro usarlas con exactitud. Le repito, me gustan las mujeres, pero no las amo. Si no tendría que amar los valles, a las mascotas, un buen plato de pasta, un automóvil veloz. Amaría a los toboganes y a los libros de Poe. Me casaría con Bach y viviría toda mi vida en las galápagos. Se lo aseguro compañero, ese lugar es maravilloso. Pero sin embargo mi amigo, he conocido muchas mujeres, he andado por muchos valles, tenido varias mascotas, comido todo tipo de comidas, me he movido en todo tipo de vehículos. Me he columpiado, y de seguro que no he leído tan solo a Poe, ni escuchado nada más que a Bach. No, no – Dijo mientras hacía un gesto con la mano – El amor no lo es todo. No lo es nada en realidad. Hace años que he depositado todas mis esperanzas de alcanzar la felicidad en mí mismo. He encontrado en mi interior a todas las mujeres que jamás podré conocer. Me he enamorado de mí mismo, sin pecar de un narcisismo extremo, ni de una desconfianza a los demás seres, pues los amo. Y de seguro, algún día me casaré, y viviré, no sé si por siempre, pero por mucho tiempo con una misma mujer. Sólo que todo mi amor será para mí, y una cascada me hará tan feliz como ella. ¡Qué afortunado soy! –Exclamó mientras se paraba para ponerse el saco.
 - Recuerde – Dijo mientras se dirigía hacia la puerta – Quiero a los hombres, por eso hago algo por ellos, y por eso he decidido hablarle. Es usted una buena persona y no quisiera verle afligido. Hasta luego mi amigo, ojalá la vida se digne a cruzarme de nuevo en su vida, y ojalá le vea más contento y menos preocupado que hoy. Hasta luego.
La puerta se cerró tras de él. Yo no había logrado decir nada. Mi mujer salió del consultorio. Tenía que pagarle a la doctora. Ese sujeto sí que estaba loco, pensé mientras me levantaba para sacar mi billetera.

sábado, 21 de enero de 2012

Carta a la muerte.

Al Sr. Director del Otro Mundo:

Me dirijo a Ud. Como un ser humano consternado y que sabe que va a morir, así que pensé, que ya que su servicio no tiene en disposición ningún libro de quejas y/o sugerencias, en hablar personalmente, o lo más directamente posible, es decir a través del medio que utilizo ahora, para hacerle saber mi preocupación acerca de ciertos temas a tratar en las siguientes líneas.
En un principio, quisiera saber un poco más sobre su servicio de transporte en ocasiones de muertes masivas como bombas o terremotos, pues me importa la comodidad con la que viajaré al otro mundo, así como si habrá bocadillos y alguna que otra película.
También me preocupa saber si actualmente no tienen en mente algún plan para que al futuro fallecido se le notifique como mínimo 12 hs. Antes de su deceso, permitiendo así: sincerarse con familiares, pasar tiempo con amantes, despedirse de seres queridos, emborracharse con amigos y cumplir todos los sueños y deseos insatisfechos así como atar los cabos sueltos.
Otro asunto que me intriga es el de saber si cuentan con algún tipo de servicio de compañía para futuros usuarios que no quieran morir sin un alma que los vele, como futuras viudas, hijos, nietos, amigos o amores.
Finalmente confieso que me sentiría muy a gusto si implementaran o tuviesen en cuenta una idea que se me ocurrió ( pues resulta que soy una persona muy creativa), consiste en quizás hacer muertes más personalizadas y adaptadas mejor a aquel que vaya a sufrirlas, creando paquetes extremos y dolorosos para los más jóvenes y aventureros y otros quizás más tranquilos para los que ya tenemos cierta edad y queremos tomar las cosas con calma
Habiéndole comunicado todo lo que deseaba comunicar y esperando una respuesta afirmativa de su parte me despido de Ud.

Atte. ……..

P/D : Espero no verlo pronto ;)